viernes, 24 de septiembre de 2010

¿Donde está el horror?

I, I can remember (I remember)
Standing, by the wall (by the wall)
And the guns, shot above our heads (over our heads)
And we kissed, as though nothing could fall (nothing could fall)
And the shame, was on the other side
Oh we can beat them, for ever and ever
Then we could be heroes, just for one day

1977
En la casa blanca de la calle Lima funciona el estudio. En la parte de adelante hay un zaguán, una sala de espera, y las dos oficinitas. Atrás están la cocina, el living y el patio. Arriba están las habitaciones. Mauricio y Felipe además de ser padre e hijo comparten el registro notarial. Lidia es la mujer de Felipe y secretaria todoterreno.
Lidia abre la puerta y se encuentra con dos Ford Falcon. Por las explicaciones que le dan entiende que  están buscando a la  tía de su marido. Lidia les contesta haciéndose la tonta pero con firmeza que esa tía está presa, que se la llevaron, que ella no sabe donde está, que por favor no molesten que Mauricio, su suegro se está recuperando de un by pass bastante importante, que todavía no sabe nada de la detención. Lidia es convincente en poner cara de ingenua y los tipos se van. Ayer Felipe estuvo desarmando la oficina de sus tíos a las apuradas y llevando los libros a su casa. En la aventura lo acompañaron sus dos hijos de 7 y 10  años. Felipe mira por la ventana a los tipos del Falcon y se pregunta si no fue demasiado audaz en llevar los chicos con él, si alguien podría haber estado vigilando y ahora sabía donde vivían él y su familia.
Arriba en una de los dormitorios Inés duerme. Es tarde. Debería estar trabajando (a pesar de su juventud es una intérprete prestigiosa y su pericia profesional hace que sea generalmente solicitada por multinacionales, sobre todo por las empresas automotrices). Pero anoche no se acostó hasta entrada la madrugada. Recorrió la ciudad en el Fiat 600 junto con sus tíos buscando una casa segura. En el centro de detención alguien sopló que podía llegar a suceder que si los largaban legalmente después mandarían comandos clandestinos a matarlos. Inés los recogió en el Fiat y junto con su amigo Ignacio empezaron a tocar puertas en casas libres de toda sospecha. Ignacio no se preguntó demasiado sobre los peligros. No sabe. No tiene conciencia. Para sus amigos y conocidos Ignacio es un cabeza hueca de buen pasar, un chico cajetilla, un dandy, un santafesino descendiente lejano de un caudillo célebre que no se ha enterado que la época de tirar manteca al techo terminó hace ya bastante. Ignacio no se pregunta por motivaciones políticas o estrategias. Como guiado por algún antiguo código, sabe que la tía de su amiga Inés necesita ayuda y va.
Fernando y Eugenio están molidos a golpes en el piso de una celda que funciona en la sede de la policía, en un edificio que alguna vez fue un cabildo y ahora es un centro de detención. Del chico que la policía levantó con ellos no saben nada. Debe estar y muerto, tirado en una fosa común, o en la calle (a veces los tiran en la calle simulando un “operativo”).  Por alguna lógica extraña van a ser trasladados a disposición del Poder Ejecutivo Nacional a un penal de la provincia de Buenos Aires. Quizás no mueran hoy. Nada es seguro. Saben que en el penal de barrio San Martín fusilaron gente que estaba detenida legalmente y nadie pudo hacer nada. Saben que sus padres pudieron salir. Saben que van a buscar salir del país antes de que los comandos salgan a buscarlos.
Felipe y Lidia están en su casa con sus hijos. Es de noche y no hay nadie en la calle. Ayer Lidia se enteró que el padre de un compañerito de escuela de su hijo menor desapareció. Era un militante del gremio docente. La mujer no dijo nada, se mudo de barrio y cambió a sus chicos de escuela. La vecina de Lidia, Corita, mira a todos los vecinos con desconfianza y sostiene que los guerrilleros raptan nenes para adoctrinarlos. Lidia no sabe si mirar a Corita con rabia o con compasión. Corita vive loca de terror, como todos. Lidia se va a dormir y se abraza con Felipe. Ninguno de los dos habla ni puede dormir.

2010

Mauricio murió hace años. Llegó a ver a sus sobrinos libres y a su hermana y su cuñado de regreso en el país. Nunca preguntó nada ni juzgó. Cuando los tuvo todos juntos delante nuevamente destapó un espumante y tomó con ellos. En 1983 las arterias dijeron basta y fue el fin. Felipe y Lidia mudaron la oficina y siguieron trabajando. Felipe quiere jubilarse. Lidia no. Discuten seguido por esto, discusiones de fogueo, poco importantes. Vieron crecer a sus hijos como ahora ven crecer a sus nietos. Casi nunca hablan del pasado. A veces se abrazan si decirse nada. Inés vive sola, con un perro y algunas manías. Casi no tiene contacto con su hermano. Pequeñas diferencias, desacuerdos, enojos fueron cruzándose hasta que perdieron la costumbre de hablarse. De vez en cuando se comunica con sus primos. Se jubiló con un prestigió de profesora académicamente impecable pero exigente e intemperante. Ignacio sigue siendo un dandy pero de aspecto un poco pasado de moda, desfasado. Quizás un poco ridículo. La gente sigue mirándolo como un cabeza hueca, la caricatura de un bon vivant. Nadie sospecha que una noche paseó por la ciudad de Córdoba manejando un Fiat con dos presos políticos recién liberados sentados en el asiento de atrás, buscando un lugar donde no los encontraran y los mataran.
Fernando y Eugenio salieron libres en 1980. Intentaron hacer una vida normal. Estudiaron. Se casaron, se divorciaron y volvieron a casar. Se distanciaron y encontraron muchas veces. Hablaron mucho o no hablaron, según el momento. No comentaron más allá de un círculo muy pequeño lo que vieron, olieron, sintieron en los distintos calabozos que los alojaron.
El niño que iba a la escuela con el hijo menor de Felipe y Lidia es un militante del gremio docente como su padre. Es un hombre amable, tiene una hija. A veces se puede ver una tristeza terrible en el fondo de sus ojos. Corita es una vieja sin demasiadas pretensiones. Nunca dejó de tener miedo, sucesivos miedos iban reemplazando a los anteriores.
Todos vivieron en un tiempo terrible. En algún momento tomaron decisiones inesperadas, irracionales o valientes, quizás fueron héroes. Es posible que un solo gesto en algún momento de su vida sirva para que los consideremos justos. No creo que a ninguno de ellos esto les importe. Pocos hablaron. Todos recuerdan. Si alguien les pregunta donde vivió el horror ellos responden que sigue vivo, dentro de cada uno de nosotros.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Invisible.

…y hay días en que soy como una corteza seca, esperándote en la cama y no venís, y estás absorta, mirando algo para mí intrascendente, embotada mientras el viento golpea las puertas y yo hago el inventario de los ruidos de la casa: canillas que aúllan, persianas que crujen. Y a medida que hago estas listas voy alimentando la bestia del insomnio. Voy a pasar otra noche en blanco.

“Tengo que estar tranquilo”, me repito, pero el animal herido sigue aullando en mi cabeza y las ganas de tocarte y abrazarte van dejando espacio para la soledad y la angustia; y el espacio entre los dos se va abriendo como una herida profunda, como una falla.

Las puertas se siguen golpeando por el viento y no me llamás, tampoco dormís. Me preguntás adonde estoy pero no contesto: cada uno permanece en su mundo. Podría buscar las pastillas y dormir un sueño profundo con garantía de descanso y resaca. Elijo el insomnio. Por lo menos en la falta de sueño y en el enojo no soy  invisible.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Los espacios en blanco

Cuando empecé a escribir no sabía muy bien porqué lo hacía. Tampoco tenía muy claro porque al abrir este blog lo llamé “Espacios en blanco”. Pensé que hacía referencia al hecho de que era un espacio vacío que me daba la oportunidad de ir llenándolo con lo que se me fuera ocurriendo. Como suele suceder, las verdaderas motivaciones suelen presentársenos con claridad bastante después, y aunque parezca extraño, a veces uno es el último en enterarse de sus propias intenciones. 

Fueron apareciendo historias de familia, de varones que escapaban de tierras amargas y necesitaban urgentemente fundar un nuevo territorio.  De memorias y de olvidos, de exilios, de la sensación de ser los hijos absurdos de una raza antigua, de esconderse de un pasado que volvía, o peor que no volvía porque nunca había dejado de estar presente. Los “espacios en blanco” eran los parches que mis ancestros pegaban sobre su historia,  intentos de tapar los distintos dolores. Dolor del hambre, de progrom. Sobre todo esto caía un manto blanco que borraba el idioma, la religión, las barbas, los sombreros, los rostros originales. A medida que yo escribía y llenaba los “Espacios en blanco” con letras, el recuerdo volvía. Limpiaba de hojas una loza en el piso con las palabras “esto también es tu historia”

Pensé en las tragedias que caen sobre los que niega su origen. Lábdaco, se negó a seguir el antiguo culto de Dionisios y las bacantes lo destrozaron. El mal cayo sobre su estirpe: su hijo Layo fue un rey huérfano y su nieto Edipo heredó la cólera de los dioses. También los hijos de Edipo corrieron la misma suerte. Solamente en la vejez y en las puertas de Colono, ya dueño de su historia Edipo volvió a tener el favor de los dioses. Solamente dueños de nuestra historia volvemos a tener el favor de los dioses.

Escribo esto y pienso en mi abuelo y sus hermanos, nacidos en este país, tempranamente huérfanos, tratando de borrar de donde venían sus padres. Tratando de parecer otros. Todos castigados por la insatisfacción. Mauricio, mi abuelo, que cambió sus rasgos, trabajó como Sísifo y nunca llegó a estar a la altura de sus propias expectativas. Clara parecía una encarnación de Tántalo: jamás nada llegaba a satisfacerla. A pesar de haber logrado salir de la pobreza y ser una empresaria exitosa, siempre lamentaba lo que no había llegado a ser: una artista. De Abraham el menor poco se sabe. Cuando yo era chico ya era el tío loco, y al poco tiempo murió.

Hablo de Clara y de nuevo los caminos de la memoria y el olvido se cruzan. Hoy, en uno de los “juicios de la memoria” su hijo Fernando habló de ella. De como cuando la interrogaban en el D2 le decían “que era una judía de mierda, que se hacía la mujer decente  y que la iban a hacer jabón”. Nunca en los veinte años que sobrevivió a esto Clara comentó lo que había vivido. Siguió adelante como si nada hubiera sucedido. Hoy no puedo evitar pensar en el espanto de un dolor recurrente, de sentir que haber arrojado por la borda el pasado no evitó que volviera, monstruoso, a recordarle quién era y de donde venía.

La memoria sirve para airear las heridas. Del olvido, esa mancha que se come quienes somos, no tuvimos nada bueno. Ya no más espacios en blanco.

martes, 31 de agosto de 2010

Blog Day

Completamente fuera del tono de este blog (y del otro blog que escribo también), va este post. Parece ser que hoy es el día del blog, y la actividad es sugerir, recomendar cinco blogs que sean novedosos o uno lea regularmente.

En un orden azaroso van mis recomendaciones:

El pez volador: Blog de Martín Cristal. Crítica literaria, textos sueltos, mucha inteligencia desatada (y hasta les diría que se respira el humor de un tipo con bastante bonhomía, cosa rara por estos tiempos)

Cosas que te pasan cuando estás vivo: El blog de Liniers. Todo dicho. Solo para gente macanuda.

Montt en dosis diarias: todavía no descubrieron a Montt? Buen momento para levantar el aplazo.

Espoiler: que no solo se alimenta uno de literatura. TV de la buena recomendada por el gordo Casciari. Celebridad blogger si las hay.

Blog de cine: un sitio clásico lleno de contradicciones discusiones, recomendaciones agudas y discusiones pavotas. Todo lo que un cinéfilo disfruta (pero sin el pochoclo)

viernes, 6 de agosto de 2010

mapeo cerebral

La superficie blanca,  fría y suave del resonador recuerda una cápsula espacial o una heladera vieja. Las  formas  sinuosas hacen pensar en la pretendida organicidad de algunos electrodomésticos (licuadoras,  microondas). El diseñador del aparato  pretendió evocar una sensualidad ajena a la causa de lo que  me hace estar aquí recostado, moviéndome muy lentamente dentro del tubo.  Quizás su intención fuera distraernos del horror del encierro, de los veinte minutos en que estaremos a merced de la máquina, la cabeza sostenida por un arnés, rígido como el tocado fúnebre de Tutankamón. Pienso (mi mente busca puntos de fuga) en objetos de un futuro que no fue, los uniformes del personal de bases espaciales, azafatas de líneas inexistente, capsulas de hibernación, transportes siderales. Inmediatamente pienso en Alien y en 2001. Mala idea, en las dos historias los protagonistas quedaban a merced de computadoras crueles y asesinas: Madre, que carecía de toda moral (solamente buscaba cumplir su misión, la tripulación era descartable); y Hal, que pretendía eliminar a los navegantes  para liquidar la penuria moral de los hombres. No, definitivamente pensar en esto no está ayudando.
Consideraciones morales aparte,  intento que el pulsar rítmico de la máquina no me inquiete. Fugo ahora hacia el  corazón delator o peor, el pozo y el péndulo. Entiendo al hombre que atado,  esperando que el péndulo lo parta en dos, vislumbra su salvación en hacer que las ratas coman sus ataduras. Tanto peor: empiezo a pensar en la posibilidad que en este centro médico bastante deficiente haya roedores. Ya bastante tuve que pelear por el turno del estudio y sus sucesivas postergaciones, más la sospecha de que maltratan a los pacientes que vienen por obra social, como para aguantar la idea de que, atado como un matambre sienta bichos subiéndome.
Empiezo a transpirar y me pica la espalda. La cabeza me late acompasadamente, siguiendo el ruido de la máquina. Con el imaginario desatado pienso en la catalepesia y en ser enterrado vivo, en el extraño caso del doctor Waldemar, en las fantasías de Meyrink. Sin embargo, inesperadamente empiezan a aparecer la novia de Dracula, y junto con ella, Elsa Lanchester vestida de novia de Frankestein. La comparo con la médica y pienso en la misma Elsa interpretando a la enfermera de Charles Laughton en Testigo de Cargo. ¡Que buena que estaba todavía Marlene Dietricht en esa peli! E inmediatamente la imagen de Lola Lola viene a cantarme al oído,  con acompañamiento de resonador magnético, “Estoy hecha de la cabeza a los pies para amarte”
¡Que cantidad de cosas extrañas que se suceden en mi cerebro!, pienso. ¿Saldrán en el mapeo?  Y ahí me da un poco de pudor y trato de no pensar en nada hasta que termina el estudio.

martes, 15 de junio de 2010

Love walked in

....y entonces el amor volvió. Y todo fue nuevo y bueno. Y como si fuera el borrador sobre una pizarra dejó un enorme espacio en blanco para escribirte, crearte con palabras y con gestos. Y una vez surgida de la noche mirarte desnuda y desearte, y tenerte, nueva, otra vez.

jueves, 20 de mayo de 2010

Ira

Cegado por la ira, veo todo blanco, como quemado por la luz del mediodía. Voy vislumbrando las cosas a medida que se acercan y las aparto a golpes. Allá va una silla, después de dar una vuelta en el aire. Lo que sigue son los azulejos de vidrio, que estallan dejando un extraño dibujo de estrella; después la pared. Apenas reconozco la voz que grita, que es la mía propia, pero que suena como un animal herido o rabioso.
De a poco los objetos dejan de girar alrededor y la velocidad deja paso al dolor y las preguntas: ¿estará sana la mano derecha después de este golpe?, ¿qué sentiré mañana?, ¿conseguiré repuesto para estos azulejos?, ¿estoy en mis cabales?.
La ira se va y queda el desconcierto, la duda sobre quién es el verdadero habitante de mi cuerpo: el hombre furioso y desorbitado, o el escribiente que sostiene el lápiz con la mano dolorida.

viernes, 7 de mayo de 2010

Norte

Intento poner la mente en blanco. No puedo. La conciencia es una brújula macabra y persiste. Busca el norte, busca un objetivo.
Intento anular la conciencia pero el magnetismo de la aguja es más fuerte, lleva generaciones ahí, marcando direcciones.
Insisto. Necesito estar quieto, necesito estar calmo, necesito no sentir más la fuerza que me lleva al norte.
Invento estrategias. Resisto. No puedo. Está ahí y me habla, me señala y me marca. Me guía. Me lleva.
Inútil. Resistir es inútil

viernes, 26 de marzo de 2010

Petroleo

El blanco avanza comiéndose el color de la emulsión como una enfermedad borrando los recuerdos. En algunos años más nadie recordará que este hombre fué joven o siquiera que existió. El tiempo que le dió vida lo habrá devorado como una mancha voraz. Todo habrá vuelto a ser una página en blanco para que otros hombres, jovenes como era él en esta foto, se lancen a la aventura.
En el medio de la claridad está sentado mirando a la cámara. Parece brotar de la oscuridad de la ventana. Vemos el frío y la insatisfacción. El hambre de una vida mejor, el rencor del huérfano, las manos dispuestas a golpear puertas reclamándole al destino explicaciones: "¿Donde está mi tierra prometida?"
Seguramente no en este yermo, no en esta perforación petrolera, no en esta barraca inhóspita, de donde saldría para volver a Córdoba vencido, a una existencia convencional, a capitular con la vida una rendición sin condiciones, de la que a veces renegaba rabioso.
A medida que el tiempo pasó la memoria se fué adelgazando y este desierto frío fué convirtiéndose en una aventura juvenil, un tiempo fértil, un pequeño tesoro. Quizás el ultimo momento de libertad. Es posible que nunca volviera a mirar esta foto donde toda su rabia nos mira perforando la lente de la cámara
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viernes, 19 de marzo de 2010

Cal

Las imágenes se acumulan y se hace difícil organizarse para hacerlas salir. Como una inundación tratando de entrar en un cauce pequeño, tratan de salir de mi cabeza y encontrar palabras que circulen hasta mis dedos. Blanca y pastosa, tibia, untuosa, envolviéndome, así está la cal envolviendo y apretando mi cuerpo, quemándome la piel y las corneas. Tengo cuatro años y entré con mi hermano a jugar a la obra en construcción que está al lado de mi casa. Una tabla inclinada hace de tobogán y me subo, desde ahí caigo hacia abajo, hacia esa crema blanca en la que me hundo. Veo, a pesar del ardor, los vaqueros de mi madre. No se como aparezco en la ducha, ahora hay junto con mi madre otras mujeres. Reconozco a Cristina, la vecina que al año siguiente moriría en un accidente de tráfico; a Cecilia, mi tía abuela; a Monia, la mamá de Sergio. Ahora estoy en una clínica en la calle Deán Funes, mi papá entra a la habitación con un carro de bomberos de juguete de un color rojo subido, no sospecho la importancia que tiene para él el hecho que yo reconozca la forma y el color. Ahora estoy saliendo con el alta. No tengo marcas en el cuerpo. Llevo un oso de peluche, blanco como la cal que me quema, casi tan alto como yo. Estoy ahora esperando para entrar a ver al oftalmólogo. Lo veo, y el me ve. Me sientan frente a una pantalla blanca y la habitación se oscurece. Tengo que seguir un punto rojo que se proyecta. No van a hacerme el trasplante de corneas. Solo tengo las marcas de las quemaduras: sendas manchas blancas en la base de cada iris. Es el año 1974. Todavía es 1974 cuando siento ciertos olores o toco algo untoso y tibio.

sábado, 6 de febrero de 2010

Blanco y negro

Las manchas blancas del desgaste de la alfombra. Una alfombra de estudio fotográfico al que iban los gringos a sacarse fotos que mintieran una properidad soñada desde la tierra amarga que los había expulsado. El blanco de las flores de papel en el medio de la composición. La barba blanca del tatarabuelo, que no pasaba de los 40 años. La nube blanca alrededor de la cabeza de su mujer, como un fantasma o una neblina del hartazgo. El blanco que hace que esto pase de ser una mancha oscura a ser una idea de nuestro pasado.
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lunes, 18 de enero de 2010

Blanca

Mientras íbamos a la secundaria la única droga que conocíamos era el porro. Sabíamos quienes tenían, quienes no, y quienes se hacían olímpicamente los boludos y fumaban manteniendo un respetable aspecto de chico sano  y triunfador del mañana de la academia Pitmann.
Cuando empezó la década del 90 la cosa empezó a ser menos clara. La mayoría de edad y un cierto desahogo económico empezó a cambiarnos. También empezábamos a frecuentar otras personas y el círculo de pequeños fumones militantes de la pequeña burguesía hippie, se amplió para contener muchas otras expresiones y costumbres: jóvenes disfrazados de Yuppies (tarde, como llega casi todo a la Argentina) jóvenes líricos, aspirantes a filósofos, militantes de izquierdas varias.
Recuerdo claramente el momento en que la blanca apareció entre nosotros: estaba comiendo empanadas en La Alameda con los Doble E (Ernesto y Edgardo). Faltaban unos días para el cumpleaños de Ernesto y Edgardo había venido de Buenos Aires especialmente para el festejo. La charla divagaba sobre temas varios que iban desde el estado de nuestras respectivas carreras a la forma en que el mundo iba  a modificarse a través de nuestra acción transformadora. Sin mucha relación con nada Edgardo dijo que traía de su viaje un regalo especial para Ernesto y sacando un fósforo de la cajita amarilla de Fragata la puso en el medio de la mesa. Ernesto sonrió ampliamente demostrándome que tenía una complicidad mayor con Edgardo que conmigo. Cómo mi cara demostraba a las claras que no sabía de que hablaban, Ernesto me miró y me dijo: -Línea pelotudo; trajo de Buenos Aires merca de la buena- .
Hay veces en que uno no sabe estar a la altura de las circunstancias. La conciencia me dictaba levantarme e irme pero la inercia me hacía quedarme con ellos. Intenté un alegato lamentable sobre los riesgos de lo que iban a hacer pero en ningún momento dejé en claro que pensaba realmente. El cumpleaños fué dos días después.
Aquí las imágenes ya no son claras, embotado de vino barato, las escenas se suceden sin mucha coherencia. Se que los Doble E se dieron varios saques en el baño despúes de haber fumado mucha marihuana. El padre de Ernesto aparecía cada tanto en un piyama celeste cargando una botella de whisky ordinario.
Dos o tres meses después las cosas dejaron de ser divertidas y la desintegración empezó a chuparse todo como el remolino de la bañadera: Empezamos a notar en Ernesto la bipolaridad (quizás no lo habíamos notado antes) y junto con eso vinieron la seguidilla de intentos de suicidio en internaciones. Edgardo se volvió a Buenos Aires y pasó muchos años consumiendo todo lo que le caía a las manos (y buscaba).
Equivocadamente creíamos ver en lo que hacíamos el charme decadente de una novela de Patrick Modiano. No pasabamos de ser unos idiotas. Actualmente rozamos la cuarentena, algunos criamos hijos, otros han hecho de su vida lo mejor que pudieron, tratamos de no acordarnos de los años 90.
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Nada que decir


El horror ante la página en blanco o ante la pantalla en blanco. ¿Existe realmente algo así? Esa especie de horror vacui que nos impulsa a teclear o gastar tinta para huir hacia adelante, para escapar de la inminencia de la muerte. The rest is silence, decía el príncipe de Dinamarca después de llenar cinco actos con acciones y palabras desmesuradas.
¿Escribimos por temor al vacío o por necesidad de satisfacer nuestra propia pedantería? ¿Tenemos miedo que junto con nuestra vida se pierda todo recuerdo de nuestro paso por el mundo o solamente fantaseamos con el placer de la adulación y el reconocimiénto: -leí tu artículo- .
Nada que decir, tiempo perdido en palabras vacías, en gestos pedantes y complacientes. La fantasía vana de un reconocimiento que nos envíe a un territorio de ficción donde somos brillante y eternos.
Nada.
Blanco.
Nada.

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viernes, 15 de enero de 2010

memoria

al principio era solamente la desorientación pequeñas incoherencias nada que llamara decididamente la atención unos pequeños espacios en blanco unas pausas quizás nada del otro mundo bueno que a cualquiera le puede pasar con la vida que llevamos el stress el trabajo                                            bueno te decía que cosa          después fue como una mancha de aceite expandiéndose y contrayéndose como decía una profesora de la universidad que se movía el universo diciendo la expresión big bang con una entonación falsamente inglesa afectada por demás esta mujer hacía largas pausas y atribuía sus conocimientos lingüísticos a una dudosa ascendencia suiza y nosotros jugábamos a la interpretación aberrante llenando la clase con comentarios completamente imposibles de sostener y su única respuesta era "puede ser" y continuaba hablando de la expansión del universo y su contracción como efecto de los ciclos de la diosa kali                                                                                                                    a veces la mancha se extiende y toca objetos y los come y no los puedo encontrar la lapicera por ejemplo no se a veces creo que me esconden las cosas para divertirse que les hice yo para que me traten asi otras veces la mancha se retira y es apenas un punto pequeño nada es complicado ni desafiante ni nada es solamente la vida habitual                                                estaba mirando algún canal de documentales y en un momento sentí que hablaban de la mancha              en las primeras etapas se va perdiendo la capacidad de organizar la información, como si se borrara la tabla de contenidos y se supiera que se conoce algo pero no se pudiera recuperar del disco duro el dato necesario            que extraño veo una persona hablando en tv pero no se lo que dice a veces siento como un espacio en blanco una pequeña desorientación una pequeña incoherencia
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viernes, 1 de enero de 2010

Borde

El borde blanco de las fotos en blanco y negro. Unos dos o tres milímetros más alla empieza la imagen: en forma sutil pero definida el blanco da lugar a otro tono quizás apenas gris. Es una pared, desde el ángulo superior izquierdo cae en picada un triángulo negro, una sombra. En el centro de la composición una serie de manchas blancas y negras definen los cuerpos de mi padre con mi hermano en brazos. Del gris de la boca de mi padre sale una línea recta oscura. Puede ser una lapicera o un cigarro; cualquiera de las dos opciones reafirma una voluntad de representarse en una postura ligeramente intelectual. El resto de la foto va oscureciéndose hasta llegar al negro y luego claramente el borde blanco.
Las caras son jóvenes y redondeadas, felices en una forma serena. Por detrás del cuerpo de mi hermano la sombra negra del alero corta la luz. El año debe ser 1969, sin embargo la ropa es un poco anticuada, de un dandysmo cuidado e inteligente. La apariencia es la de un joven beatnik y a la vez de un hombre satisfecho. Algo en la cara de mi padre me recuerda a la expresion de un adolescente deslumbrado. Me pregunto si él cantaría en la época que sacaron esta foto. Pocas veces en mis cuarenta años lo he escuchado cantar. Muy bajito, alguna vez, alguna canción de Petula Clark.
Intuyo que parte del ángulo inferior izquierdo es la sombra de la fotógrafa, parada firme con su cámara Agfa en la mano derecha y el fotómetro en la mano izquierda. Imagino la precisión del cerebro de mi madre calculando la velocidad de exposición, la apertura del diafragma en función de la luz y la sensibilidad de la emulsión. La mente analítica de mi madre contrasta la ensoñación un poco impostada de mi padre. Mi hermano cierra los ojos a la luz del sol, molesto, incómodo, somnoliento. La mano izquierda levantada a la altura de la frente tratando de cubrirse.
Por fuera del borde blanco de la fotografía veo (es como si viera) el fuerte color rojo de las baldosas iluminadas por el sol. El reflejo es hiriente y el calor agobia. El tiempo de la exposición es breve, ínfimo, pero captura la tensión del momento, la expectativa, el anhelo, los proyectos.
Todo lo que encierra el borde ha envejecido, el espacio blanco se volvió amarillento como el papel manteca que cubre las fotos en los álbumes.