lunes, 18 de enero de 2010

Blanca

Mientras íbamos a la secundaria la única droga que conocíamos era el porro. Sabíamos quienes tenían, quienes no, y quienes se hacían olímpicamente los boludos y fumaban manteniendo un respetable aspecto de chico sano  y triunfador del mañana de la academia Pitmann.
Cuando empezó la década del 90 la cosa empezó a ser menos clara. La mayoría de edad y un cierto desahogo económico empezó a cambiarnos. También empezábamos a frecuentar otras personas y el círculo de pequeños fumones militantes de la pequeña burguesía hippie, se amplió para contener muchas otras expresiones y costumbres: jóvenes disfrazados de Yuppies (tarde, como llega casi todo a la Argentina) jóvenes líricos, aspirantes a filósofos, militantes de izquierdas varias.
Recuerdo claramente el momento en que la blanca apareció entre nosotros: estaba comiendo empanadas en La Alameda con los Doble E (Ernesto y Edgardo). Faltaban unos días para el cumpleaños de Ernesto y Edgardo había venido de Buenos Aires especialmente para el festejo. La charla divagaba sobre temas varios que iban desde el estado de nuestras respectivas carreras a la forma en que el mundo iba  a modificarse a través de nuestra acción transformadora. Sin mucha relación con nada Edgardo dijo que traía de su viaje un regalo especial para Ernesto y sacando un fósforo de la cajita amarilla de Fragata la puso en el medio de la mesa. Ernesto sonrió ampliamente demostrándome que tenía una complicidad mayor con Edgardo que conmigo. Cómo mi cara demostraba a las claras que no sabía de que hablaban, Ernesto me miró y me dijo: -Línea pelotudo; trajo de Buenos Aires merca de la buena- .
Hay veces en que uno no sabe estar a la altura de las circunstancias. La conciencia me dictaba levantarme e irme pero la inercia me hacía quedarme con ellos. Intenté un alegato lamentable sobre los riesgos de lo que iban a hacer pero en ningún momento dejé en claro que pensaba realmente. El cumpleaños fué dos días después.
Aquí las imágenes ya no son claras, embotado de vino barato, las escenas se suceden sin mucha coherencia. Se que los Doble E se dieron varios saques en el baño despúes de haber fumado mucha marihuana. El padre de Ernesto aparecía cada tanto en un piyama celeste cargando una botella de whisky ordinario.
Dos o tres meses después las cosas dejaron de ser divertidas y la desintegración empezó a chuparse todo como el remolino de la bañadera: Empezamos a notar en Ernesto la bipolaridad (quizás no lo habíamos notado antes) y junto con eso vinieron la seguidilla de intentos de suicidio en internaciones. Edgardo se volvió a Buenos Aires y pasó muchos años consumiendo todo lo que le caía a las manos (y buscaba).
Equivocadamente creíamos ver en lo que hacíamos el charme decadente de una novela de Patrick Modiano. No pasabamos de ser unos idiotas. Actualmente rozamos la cuarentena, algunos criamos hijos, otros han hecho de su vida lo mejor que pudieron, tratamos de no acordarnos de los años 90.
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Nada que decir


El horror ante la página en blanco o ante la pantalla en blanco. ¿Existe realmente algo así? Esa especie de horror vacui que nos impulsa a teclear o gastar tinta para huir hacia adelante, para escapar de la inminencia de la muerte. The rest is silence, decía el príncipe de Dinamarca después de llenar cinco actos con acciones y palabras desmesuradas.
¿Escribimos por temor al vacío o por necesidad de satisfacer nuestra propia pedantería? ¿Tenemos miedo que junto con nuestra vida se pierda todo recuerdo de nuestro paso por el mundo o solamente fantaseamos con el placer de la adulación y el reconocimiénto: -leí tu artículo- .
Nada que decir, tiempo perdido en palabras vacías, en gestos pedantes y complacientes. La fantasía vana de un reconocimiento que nos envíe a un territorio de ficción donde somos brillante y eternos.
Nada.
Blanco.
Nada.

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viernes, 15 de enero de 2010

memoria

al principio era solamente la desorientación pequeñas incoherencias nada que llamara decididamente la atención unos pequeños espacios en blanco unas pausas quizás nada del otro mundo bueno que a cualquiera le puede pasar con la vida que llevamos el stress el trabajo                                            bueno te decía que cosa          después fue como una mancha de aceite expandiéndose y contrayéndose como decía una profesora de la universidad que se movía el universo diciendo la expresión big bang con una entonación falsamente inglesa afectada por demás esta mujer hacía largas pausas y atribuía sus conocimientos lingüísticos a una dudosa ascendencia suiza y nosotros jugábamos a la interpretación aberrante llenando la clase con comentarios completamente imposibles de sostener y su única respuesta era "puede ser" y continuaba hablando de la expansión del universo y su contracción como efecto de los ciclos de la diosa kali                                                                                                                    a veces la mancha se extiende y toca objetos y los come y no los puedo encontrar la lapicera por ejemplo no se a veces creo que me esconden las cosas para divertirse que les hice yo para que me traten asi otras veces la mancha se retira y es apenas un punto pequeño nada es complicado ni desafiante ni nada es solamente la vida habitual                                                estaba mirando algún canal de documentales y en un momento sentí que hablaban de la mancha              en las primeras etapas se va perdiendo la capacidad de organizar la información, como si se borrara la tabla de contenidos y se supiera que se conoce algo pero no se pudiera recuperar del disco duro el dato necesario            que extraño veo una persona hablando en tv pero no se lo que dice a veces siento como un espacio en blanco una pequeña desorientación una pequeña incoherencia
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viernes, 1 de enero de 2010

Borde

El borde blanco de las fotos en blanco y negro. Unos dos o tres milímetros más alla empieza la imagen: en forma sutil pero definida el blanco da lugar a otro tono quizás apenas gris. Es una pared, desde el ángulo superior izquierdo cae en picada un triángulo negro, una sombra. En el centro de la composición una serie de manchas blancas y negras definen los cuerpos de mi padre con mi hermano en brazos. Del gris de la boca de mi padre sale una línea recta oscura. Puede ser una lapicera o un cigarro; cualquiera de las dos opciones reafirma una voluntad de representarse en una postura ligeramente intelectual. El resto de la foto va oscureciéndose hasta llegar al negro y luego claramente el borde blanco.
Las caras son jóvenes y redondeadas, felices en una forma serena. Por detrás del cuerpo de mi hermano la sombra negra del alero corta la luz. El año debe ser 1969, sin embargo la ropa es un poco anticuada, de un dandysmo cuidado e inteligente. La apariencia es la de un joven beatnik y a la vez de un hombre satisfecho. Algo en la cara de mi padre me recuerda a la expresion de un adolescente deslumbrado. Me pregunto si él cantaría en la época que sacaron esta foto. Pocas veces en mis cuarenta años lo he escuchado cantar. Muy bajito, alguna vez, alguna canción de Petula Clark.
Intuyo que parte del ángulo inferior izquierdo es la sombra de la fotógrafa, parada firme con su cámara Agfa en la mano derecha y el fotómetro en la mano izquierda. Imagino la precisión del cerebro de mi madre calculando la velocidad de exposición, la apertura del diafragma en función de la luz y la sensibilidad de la emulsión. La mente analítica de mi madre contrasta la ensoñación un poco impostada de mi padre. Mi hermano cierra los ojos a la luz del sol, molesto, incómodo, somnoliento. La mano izquierda levantada a la altura de la frente tratando de cubrirse.
Por fuera del borde blanco de la fotografía veo (es como si viera) el fuerte color rojo de las baldosas iluminadas por el sol. El reflejo es hiriente y el calor agobia. El tiempo de la exposición es breve, ínfimo, pero captura la tensión del momento, la expectativa, el anhelo, los proyectos.
Todo lo que encierra el borde ha envejecido, el espacio blanco se volvió amarillento como el papel manteca que cubre las fotos en los álbumes.