Las manchas blancas del desgaste de la alfombra. Una alfombra de estudio fotográfico al que iban los gringos a sacarse fotos que mintieran una properidad soñada desde la tierra amarga que los había expulsado. El blanco de las flores de papel en el medio de la composición. La barba blanca del tatarabuelo, que no pasaba de los 40 años. La nube blanca alrededor de la cabeza de su mujer, como un fantasma o una neblina del hartazgo. El blanco que hace que esto pase de ser una mancha oscura a ser una idea de nuestro pasado.
sábado, 6 de febrero de 2010
Blanco y negro
Las manchas blancas del desgaste de la alfombra. Una alfombra de estudio fotográfico al que iban los gringos a sacarse fotos que mintieran una properidad soñada desde la tierra amarga que los había expulsado. El blanco de las flores de papel en el medio de la composición. La barba blanca del tatarabuelo, que no pasaba de los 40 años. La nube blanca alrededor de la cabeza de su mujer, como un fantasma o una neblina del hartazgo. El blanco que hace que esto pase de ser una mancha oscura a ser una idea de nuestro pasado.
lunes, 18 de enero de 2010
Nada que decir
El horror ante la página en blanco o ante la pantalla en blanco. ¿Existe realmente algo así? Esa especie de horror vacui que nos impulsa a teclear o gastar tinta para huir hacia adelante, para escapar de la inminencia de la muerte. The rest is silence, decía el príncipe de Dinamarca después de llenar cinco actos con acciones y palabras desmesuradas.
¿Escribimos por temor al vacío o por necesidad de satisfacer nuestra propia pedantería? ¿Tenemos miedo que junto con nuestra vida se pierda todo recuerdo de nuestro paso por el mundo o solamente fantaseamos con el placer de la adulación y el reconocimiénto: -leí tu artículo- .
Nada que decir, tiempo perdido en palabras vacías, en gestos pedantes y complacientes. La fantasía vana de un reconocimiento que nos envíe a un territorio de ficción donde somos brillante y eternos.
Nada.
Blanco.
Nada.
Escrito con el Navegador Flock
viernes, 15 de enero de 2010
memoria
al principio era solamente la desorientación pequeñas incoherencias nada que llamara decididamente la atención unos pequeños espacios en blanco unas pausas quizás nada del otro mundo bueno que a cualquiera le puede pasar con la vida que llevamos el stress el trabajo bueno te decía que cosa después fue como una mancha de aceite expandiéndose y contrayéndose como decía una profesora de la universidad que se movía el universo diciendo la expresión big bang con una entonación falsamente inglesa afectada por demás esta mujer hacía largas pausas y atribuía sus conocimientos lingüísticos a una dudosa ascendencia suiza y nosotros jugábamos a la interpretación aberrante llenando la clase con comentarios completamente imposibles de sostener y su única respuesta era "puede ser" y continuaba hablando de la expansión del universo y su contracción como efecto de los ciclos de la diosa kali a veces la mancha se extiende y toca objetos y los come y no los puedo encontrar la lapicera por ejemplo no se a veces creo que me esconden las cosas para divertirse que les hice yo para que me traten asi otras veces la mancha se retira y es apenas un punto pequeño nada es complicado ni desafiante ni nada es solamente la vida habitual estaba mirando algún canal de documentales y en un momento sentí que hablaban de la mancha en las primeras etapas se va perdiendo la capacidad de organizar la información, como si se borrara la tabla de contenidos y se supiera que se conoce algo pero no se pudiera recuperar del disco duro el dato necesario que extraño veo una persona hablando en tv pero no se lo que dice a veces siento como un espacio en blanco una pequeña desorientación una pequeña incoherencia
Escrito con el Navegador Flock
viernes, 1 de enero de 2010
Borde
El borde blanco de las fotos en blanco y negro. Unos dos o tres milímetros más alla empieza la imagen: en forma sutil pero definida el blanco da lugar a otro tono quizás apenas gris. Es una pared, desde el ángulo superior izquierdo cae en picada un triángulo negro, una sombra. En el centro de la composición una serie de manchas blancas y negras definen los cuerpos de mi padre con mi hermano en brazos. Del gris de la boca de mi padre sale una línea recta oscura. Puede ser una lapicera o un cigarro; cualquiera de las dos opciones reafirma una voluntad de representarse en una postura ligeramente intelectual. El resto de la foto va oscureciéndose hasta llegar al negro y luego claramente el borde blanco.
Las caras son jóvenes y redondeadas, felices en una forma serena. Por detrás del cuerpo de mi hermano la sombra negra del alero corta la luz. El año debe ser 1969, sin embargo la ropa es un poco anticuada, de un dandysmo cuidado e inteligente. La apariencia es la de un joven beatnik y a la vez de un hombre satisfecho. Algo en la cara de mi padre me recuerda a la expresion de un adolescente deslumbrado. Me pregunto si él cantaría en la época que sacaron esta foto. Pocas veces en mis cuarenta años lo he escuchado cantar. Muy bajito, alguna vez, alguna canción de Petula Clark.
Intuyo que parte del ángulo inferior izquierdo es la sombra de la fotógrafa, parada firme con su cámara Agfa en la mano derecha y el fotómetro en la mano izquierda. Imagino la precisión del cerebro de mi madre calculando la velocidad de exposición, la apertura del diafragma en función de la luz y la sensibilidad de la emulsión. La mente analítica de mi madre contrasta la ensoñación un poco impostada de mi padre. Mi hermano cierra los ojos a la luz del sol, molesto, incómodo, somnoliento. La mano izquierda levantada a la altura de la frente tratando de cubrirse.
Por fuera del borde blanco de la fotografía veo (es como si viera) el fuerte color rojo de las baldosas iluminadas por el sol. El reflejo es hiriente y el calor agobia. El tiempo de la exposición es breve, ínfimo, pero captura la tensión del momento, la expectativa, el anhelo, los proyectos.
Todo lo que encierra el borde ha envejecido, el espacio blanco se volvió amarillento como el papel manteca que cubre las fotos en los álbumes.
Las caras son jóvenes y redondeadas, felices en una forma serena. Por detrás del cuerpo de mi hermano la sombra negra del alero corta la luz. El año debe ser 1969, sin embargo la ropa es un poco anticuada, de un dandysmo cuidado e inteligente. La apariencia es la de un joven beatnik y a la vez de un hombre satisfecho. Algo en la cara de mi padre me recuerda a la expresion de un adolescente deslumbrado. Me pregunto si él cantaría en la época que sacaron esta foto. Pocas veces en mis cuarenta años lo he escuchado cantar. Muy bajito, alguna vez, alguna canción de Petula Clark.
Intuyo que parte del ángulo inferior izquierdo es la sombra de la fotógrafa, parada firme con su cámara Agfa en la mano derecha y el fotómetro en la mano izquierda. Imagino la precisión del cerebro de mi madre calculando la velocidad de exposición, la apertura del diafragma en función de la luz y la sensibilidad de la emulsión. La mente analítica de mi madre contrasta la ensoñación un poco impostada de mi padre. Mi hermano cierra los ojos a la luz del sol, molesto, incómodo, somnoliento. La mano izquierda levantada a la altura de la frente tratando de cubrirse.
Por fuera del borde blanco de la fotografía veo (es como si viera) el fuerte color rojo de las baldosas iluminadas por el sol. El reflejo es hiriente y el calor agobia. El tiempo de la exposición es breve, ínfimo, pero captura la tensión del momento, la expectativa, el anhelo, los proyectos.
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