martes, 31 de agosto de 2010

Blog Day

Completamente fuera del tono de este blog (y del otro blog que escribo también), va este post. Parece ser que hoy es el día del blog, y la actividad es sugerir, recomendar cinco blogs que sean novedosos o uno lea regularmente.

En un orden azaroso van mis recomendaciones:

El pez volador: Blog de Martín Cristal. Crítica literaria, textos sueltos, mucha inteligencia desatada (y hasta les diría que se respira el humor de un tipo con bastante bonhomía, cosa rara por estos tiempos)

Cosas que te pasan cuando estás vivo: El blog de Liniers. Todo dicho. Solo para gente macanuda.

Montt en dosis diarias: todavía no descubrieron a Montt? Buen momento para levantar el aplazo.

Espoiler: que no solo se alimenta uno de literatura. TV de la buena recomendada por el gordo Casciari. Celebridad blogger si las hay.

Blog de cine: un sitio clásico lleno de contradicciones discusiones, recomendaciones agudas y discusiones pavotas. Todo lo que un cinéfilo disfruta (pero sin el pochoclo)

viernes, 6 de agosto de 2010

mapeo cerebral

La superficie blanca,  fría y suave del resonador recuerda una cápsula espacial o una heladera vieja. Las  formas  sinuosas hacen pensar en la pretendida organicidad de algunos electrodomésticos (licuadoras,  microondas). El diseñador del aparato  pretendió evocar una sensualidad ajena a la causa de lo que  me hace estar aquí recostado, moviéndome muy lentamente dentro del tubo.  Quizás su intención fuera distraernos del horror del encierro, de los veinte minutos en que estaremos a merced de la máquina, la cabeza sostenida por un arnés, rígido como el tocado fúnebre de Tutankamón. Pienso (mi mente busca puntos de fuga) en objetos de un futuro que no fue, los uniformes del personal de bases espaciales, azafatas de líneas inexistente, capsulas de hibernación, transportes siderales. Inmediatamente pienso en Alien y en 2001. Mala idea, en las dos historias los protagonistas quedaban a merced de computadoras crueles y asesinas: Madre, que carecía de toda moral (solamente buscaba cumplir su misión, la tripulación era descartable); y Hal, que pretendía eliminar a los navegantes  para liquidar la penuria moral de los hombres. No, definitivamente pensar en esto no está ayudando.
Consideraciones morales aparte,  intento que el pulsar rítmico de la máquina no me inquiete. Fugo ahora hacia el  corazón delator o peor, el pozo y el péndulo. Entiendo al hombre que atado,  esperando que el péndulo lo parta en dos, vislumbra su salvación en hacer que las ratas coman sus ataduras. Tanto peor: empiezo a pensar en la posibilidad que en este centro médico bastante deficiente haya roedores. Ya bastante tuve que pelear por el turno del estudio y sus sucesivas postergaciones, más la sospecha de que maltratan a los pacientes que vienen por obra social, como para aguantar la idea de que, atado como un matambre sienta bichos subiéndome.
Empiezo a transpirar y me pica la espalda. La cabeza me late acompasadamente, siguiendo el ruido de la máquina. Con el imaginario desatado pienso en la catalepesia y en ser enterrado vivo, en el extraño caso del doctor Waldemar, en las fantasías de Meyrink. Sin embargo, inesperadamente empiezan a aparecer la novia de Dracula, y junto con ella, Elsa Lanchester vestida de novia de Frankestein. La comparo con la médica y pienso en la misma Elsa interpretando a la enfermera de Charles Laughton en Testigo de Cargo. ¡Que buena que estaba todavía Marlene Dietricht en esa peli! E inmediatamente la imagen de Lola Lola viene a cantarme al oído,  con acompañamiento de resonador magnético, “Estoy hecha de la cabeza a los pies para amarte”
¡Que cantidad de cosas extrañas que se suceden en mi cerebro!, pienso. ¿Saldrán en el mapeo?  Y ahí me da un poco de pudor y trato de no pensar en nada hasta que termina el estudio.

martes, 15 de junio de 2010

Love walked in

....y entonces el amor volvió. Y todo fue nuevo y bueno. Y como si fuera el borrador sobre una pizarra dejó un enorme espacio en blanco para escribirte, crearte con palabras y con gestos. Y una vez surgida de la noche mirarte desnuda y desearte, y tenerte, nueva, otra vez.

jueves, 20 de mayo de 2010

Ira

Cegado por la ira, veo todo blanco, como quemado por la luz del mediodía. Voy vislumbrando las cosas a medida que se acercan y las aparto a golpes. Allá va una silla, después de dar una vuelta en el aire. Lo que sigue son los azulejos de vidrio, que estallan dejando un extraño dibujo de estrella; después la pared. Apenas reconozco la voz que grita, que es la mía propia, pero que suena como un animal herido o rabioso.
De a poco los objetos dejan de girar alrededor y la velocidad deja paso al dolor y las preguntas: ¿estará sana la mano derecha después de este golpe?, ¿qué sentiré mañana?, ¿conseguiré repuesto para estos azulejos?, ¿estoy en mis cabales?.
La ira se va y queda el desconcierto, la duda sobre quién es el verdadero habitante de mi cuerpo: el hombre furioso y desorbitado, o el escribiente que sostiene el lápiz con la mano dolorida.

viernes, 7 de mayo de 2010

Norte

Intento poner la mente en blanco. No puedo. La conciencia es una brújula macabra y persiste. Busca el norte, busca un objetivo.
Intento anular la conciencia pero el magnetismo de la aguja es más fuerte, lleva generaciones ahí, marcando direcciones.
Insisto. Necesito estar quieto, necesito estar calmo, necesito no sentir más la fuerza que me lleva al norte.
Invento estrategias. Resisto. No puedo. Está ahí y me habla, me señala y me marca. Me guía. Me lleva.
Inútil. Resistir es inútil

viernes, 26 de marzo de 2010

Petroleo

El blanco avanza comiéndose el color de la emulsión como una enfermedad borrando los recuerdos. En algunos años más nadie recordará que este hombre fué joven o siquiera que existió. El tiempo que le dió vida lo habrá devorado como una mancha voraz. Todo habrá vuelto a ser una página en blanco para que otros hombres, jovenes como era él en esta foto, se lancen a la aventura.
En el medio de la claridad está sentado mirando a la cámara. Parece brotar de la oscuridad de la ventana. Vemos el frío y la insatisfacción. El hambre de una vida mejor, el rencor del huérfano, las manos dispuestas a golpear puertas reclamándole al destino explicaciones: "¿Donde está mi tierra prometida?"
Seguramente no en este yermo, no en esta perforación petrolera, no en esta barraca inhóspita, de donde saldría para volver a Córdoba vencido, a una existencia convencional, a capitular con la vida una rendición sin condiciones, de la que a veces renegaba rabioso.
A medida que el tiempo pasó la memoria se fué adelgazando y este desierto frío fué convirtiéndose en una aventura juvenil, un tiempo fértil, un pequeño tesoro. Quizás el ultimo momento de libertad. Es posible que nunca volviera a mirar esta foto donde toda su rabia nos mira perforando la lente de la cámara
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viernes, 19 de marzo de 2010

Cal

Las imágenes se acumulan y se hace difícil organizarse para hacerlas salir. Como una inundación tratando de entrar en un cauce pequeño, tratan de salir de mi cabeza y encontrar palabras que circulen hasta mis dedos. Blanca y pastosa, tibia, untuosa, envolviéndome, así está la cal envolviendo y apretando mi cuerpo, quemándome la piel y las corneas. Tengo cuatro años y entré con mi hermano a jugar a la obra en construcción que está al lado de mi casa. Una tabla inclinada hace de tobogán y me subo, desde ahí caigo hacia abajo, hacia esa crema blanca en la que me hundo. Veo, a pesar del ardor, los vaqueros de mi madre. No se como aparezco en la ducha, ahora hay junto con mi madre otras mujeres. Reconozco a Cristina, la vecina que al año siguiente moriría en un accidente de tráfico; a Cecilia, mi tía abuela; a Monia, la mamá de Sergio. Ahora estoy en una clínica en la calle Deán Funes, mi papá entra a la habitación con un carro de bomberos de juguete de un color rojo subido, no sospecho la importancia que tiene para él el hecho que yo reconozca la forma y el color. Ahora estoy saliendo con el alta. No tengo marcas en el cuerpo. Llevo un oso de peluche, blanco como la cal que me quema, casi tan alto como yo. Estoy ahora esperando para entrar a ver al oftalmólogo. Lo veo, y el me ve. Me sientan frente a una pantalla blanca y la habitación se oscurece. Tengo que seguir un punto rojo que se proyecta. No van a hacerme el trasplante de corneas. Solo tengo las marcas de las quemaduras: sendas manchas blancas en la base de cada iris. Es el año 1974. Todavía es 1974 cuando siento ciertos olores o toco algo untoso y tibio.